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  ¿Se suicida el vallenato o goza de buena salud?

¿Se suicida el vallenato o goza de buena salud?

Author: AlianzaVerde/martes, 05 de marzo de 2013/Categories: Columnas de opinion

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Dicen que al hombre viejo todas las mujeres le parecen lindas, todas las cosas le parecen caras y toda la música moderna le parece horrible.

¿Será esta la razón por la que a Daniel Samper Pizano no le gusta el vallenato actual y, en consecuencia, anuncia la muerte, el suicidio, de nuestro folclor? ¿Cuántas veces no hemos escuchado la misma profecía?

La lanzaron contra Alfredo Gutiérrez, de quién decían quería matarlo con sus innovaciones, rebeldías y paseboles. También sospecharon de Calixto Ochoa y su “ritmo movido” porque, según los profetas, intentaba hacer lo mismo.

A Luis Enrique lo acusaron de contaminarlo con influencia cienaguera por introducir, en las parrandas, la timba y el cencerro.  A Colacho lo criticaron por transformar cantos llaneros en vallenatos y grabar con bombardino. A Alejo, por cantar con un estilo bajero, tocar puyas como merengues y grabar tamboras y chandés.

Sindicaron a Gustavo Gutiérrez de arrancherarlo con su voz aflautada, su sentimentalismo llorón y su acordeón piano. “¿Habrase visto mayor disparate?” “Ahora si se acabó el vallenato”, alcancé a escuchar.

Después llegaron los Hermanos López, Oñate y los Zuleta. Una modernización aplaudida por los jóvenes y estigmatizada por los tradicionalistas, quienes advirtieron que Migue tocaba muy rápido y era el único acordeonero mudo; Poncho, gritaba en lugar de cantar; y Emilianito no tocaba los bajos.

 No quiero mencionar al Binomio de Oro. Los puristas lo rechazaron de entrada. Lo bautizaron “El vallenato balada” y quisieron organizar una policía folclórica para meterlo preso por asesinar la música de Chipuco. ¿Cuántos velorios van ya?

Luego apareció Diomedes y apabulló a sus antecesores, cuyos seguidores decían que lo del “Cacique”, con sus composiciones azucaradas, no era el vallenato costumbrista y puro de Poncho y Jorge. Más tarde surgió Juancho Rois con su “firi-firi”. “Se acabaron los acordeoneros”, pronosticaron los ilustrados.

Hace nada irrumpió Carlos Vives con su versión light. La crítica sentenció: “ni canta un carajo ni canta vallenato”.  Ahora los sepultureros del folclor son los de la “Nueva Ola”. Qué dolor, qué pena, protestan los profetas del apocalipsis vallenato.

Los mismos que prefieren el merengue de Viloria al de Juan Luis Guerra; la salsa de Lavoe a la de Marc Anthony; a José Alfredo Jiménez que al “Potrillo”; a Lucho Bermúdez que al Joe; a Serrat que a Calle 13; y que terminarán oyendo misa en latín al lado del Procurador.

Por fortuna se equivocan, como nos hemos equivocado todos, salvo la juventud, en la condena a los músicos herejes. Gracias a ellos, el vallenato es nuestra música nacional, triunfa en el exterior y está lejos de correr la suerte del bambuco, la guabina, el porro y la ranchera.

No exijamos a los nuevos acordeoneros que toquen como nuestros viejos juglares. Ni a los compositores que compongan como Escalona. Si lo hicieran, el vallenato sería un anacronismo y nuestros jóvenes solo escucharían reggaeton.

Los que hoy nos escandalizan mañana serán clásicos, como lo son los que ayer fueron considerados sicarios del folclor. Dentro de veinte años veremos una telenovela llamada Silvestre Dangond, criticaremos a los músicos del momento y anunciaremos, una vez más, la muerte del vallenato.

Daniel, “el tiempo que se va no vuelve, ni aunque le manden papel”, decía Lorenzo Morales, decía Lorenzo Miguel. El muerto que matas aún goza de buena salud. ¡Larga vida al vallenato, creativo e innovador!

Rodolfo Quintero Romero

@rodoquinteromer 

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